POBRECITOOOO

El hombre que se bebía la leche condensada

El ex político británico John Prescott. (Foto: AFP)

El ex político británico John Prescott. (Foto: AFP)

EDUARDO SUÁREZ desde Londres
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21 de abril de 2008.- Anda el país todavía sobrecogido por la confesión pública de John Prescott, cancerbero del nuevo laborismo y número dos de todos los gobiernos de Tony Blair. Prescott cuenta con pelos y señales en sus memorias cómo cayó en el hoyo de la bulimia.

En los años más críticos de la enfermedad, "Prezza" –como se le conoce aquí- era capaz de engullir de una tacada un bote entero de leche condensada, devorar los nueve platos del menú de su restaurante chino favorito –el Mr. Chu de Hull- y meterse entre pecho y espalda un paquete entero de Digestive como si fuera el monstruo de las galletas.

Es escalofriante leer su relato en primera persona de cómo jornadas maratonianas de 17 o 18 horas fueron deslizando a Prescott por una pendiente de chocolate, bolsas de patatas, hamburguesas, fish and chips y demás comida basura. "Me ponía ciego", asegura, "y luego había una especie de extraño placer en vomitarlo todo".

Retirado de la primera línea política desde el año pasado, Prescott cuenta cómo un par de veces al año abría una botella de vodka en la oficina y la ponía encima de la mesa de su despacho para tratar de cortar su adicción a engullir lo que encontraba a su paso.

"Mis empleados sabían que no pararía hasta bebérmela entera, como hago siempre con todo, pero no lo hacía porque me guste el vodka. Lo odio. Creo que en realidad era una petición de socorro, de cariño, una forma de hacer ver a la gente lo exhausto que estaba".

La revelación ha provocado un terremoto en la clase política británica, donde a Prescott se le ha visto siempre como a un advenedizo. Boxeador amateur y nieto de minero, "Prezza" no hizo carrera en el partido sino en los sindicatos y los medios han hecho siempre chanzas sobre su escasa cultura y su inelegancia. La última, hace apenas unas semanas, cuando se hicieron públicas las dietas de los parlamentarios y se supo que nadie había gastado más en comida. Quienes se chotearon entonces deben de estar ahora guardados en algún armario.

En cuanto al momento elegido para la revelación, no han faltado los cínicos que han olisqueado el afán por publicitar las memorias del personaje, que se ponen ahora en el mercado y que sin la bulimia se habrían hundido en las listas de ventas.

Probablemente algo habrá de cierto, pero no es justo despachar una confesión así como un truco de marketing. No debe de ser fácil para un personaje público reconocer que sufre una enfermedad como la bulimia. Menos aún para un tipo como Prescott, una especie de Falstaff barrigón y a punto de cumplir los 70 años. "Se podría decir que no soy un bulímico muy exitoso", dice con una mezcla de sorna y autocompasión.

Dice que está ya curado, entre otras cosas gracias a su esposa Pauline, que se dio cuenta de que faltaba comida en la nevera y de que había extrañas salpicaduras en el váter. Liberado de las ataduras del estrés y de la enfermedad, "Prezza" puede por fin empezar a vivir su nueva vida. Nunca atrajo tanta admiración como ahora que se sabe de su bulimia. Una de las inagotables paradojas que tiene la vida política.

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